Monvínic Store Blog - ¡Han vuelto los pipeños!

Por Delia García

En el S.XIX algunos chilenos se enriquecieron por la industria de la minería desarrollada en la parte Norte del país y viajaron a Francia, un lugar dónde descubrieron una nueva manera de hacer vino. Al volver a su país construyeron en las fértiles y calurosas tierras del Valle Central extensos viñedos con variedades bordelesas y grandes châteaux a la manera francesa. Al poco tiempo, cuando la filoxera devastó el viñedo europeo, muchos enólogos galos emigraron a Chile instaurándose así una copia de las producciones francesas y un desprecio por los vinos chilenos  más tradicionales que se habían elaborado durante siglos, vinos conocidos como pipeños y elaborados de manera manual por los campesinos criollos con variedades muy antiguas como País, Cariñena, Cinsault, Côt, Torontel o Moscatel de Alejandría, cepas descendientes directas de las introducidas por los conquistadores españoles en el S. XVI.

EL COMERCIO DEL VINO CHILENO

Esta imposición de una manera de entender la vitivinicultura foránea originó una pérdida de identidad propia respecto a lo que es realmente el vino chileno, una falta de autenticidad a la que se sumó el hecho de que a partir de finales de los años 80, al imponerse la necesidad de establecerse en el mercado exterior, el carácter del vino de este país se definió aún más hacia la voluntad de gustar y responder a la demanda internacional que buscaba vinos producidos con variedades francesas y a partir de viñedos trabajados para conseguir altos rendimientos, vinos con perfiles de gusto internacional basados en la intensa expresión frutal, la concentración y las crianzas en madera nueva, vinos “premium” o vinos jóvenes de muy bajo precio. Las grandes casas productoras decidieron hacer una gran inversión en tecnología y basar sus esfuerzos en establecer una homogenización de la producción, un panorama de producción y comercio que fue poco a poco desdibujando la realidad más auténtica de los vinos chilenos.

Y es que Chile es un país con gran capacidad para poder producir mucha cantidad de uva con una calidad aceptable y a buen precio, una capacidad  generada por las buenas condiciones geológicas y climáticas que ofrece. Está geográficamente aislado por el océano Pacífico al oeste y por la Cordillera de los Andes al este, hecho que ha permitido a su viticultura estar siempre sana y que plagas como la filoxera nunca hayan llegado. La mayoría de los viñedos productivos se encuentran plantados en planicies fértiles de suelo aluvial de mucha producción en las regiones del norte, cerca de la ciudad de Santiago, regiones como las de Coquimbo (Valle del Limarí y Valle de Elqui), del Valle del Aconcagua o del Valle del Maipo y también las del norte del Valle de Rapel (Cachapoal y Colchagua).

En esos lugares norteños existe un clima caluroso y seco con pocas precipitaciones, un clima que por latitud sería semiárido, si no fuera porque al mismo tiempo existe la entrada de aire frío tanto por el oeste, procedente de la corriente de Humboldt que sube por la costa desde la Antártida, como por el este por la influencia de las montañas andinas. Estos vientos fríos permiten suavizar la temperatura y ventilar la viña, hecho que, junto a la falta de precipitaciones, hace que haya poca incidencia de las infecciones por hongos producidas por la humedad. La escasez de lluvia está compensada a la vez por el deshielo procedente de la Cordillera que hace que los ríos que desembocan en el Pacífico tengan siempre caudal. La viticultura de las grandes bodegas chilenas utiliza la irrigación como práctica común, así como los fertilizantes y abonos para conseguir aún mayor vigor y altos rendimientos.

Esta instauración de una gran industria vinícola basada en las producciones masivas de vino de “gusto internacional” sería la situación que impera en Chile desde los años 90 hasta hoy en día. Pero desde hace un tiempo una nueva corriente está redescubriendo los orígenes de la vitivinicultura de este país estableciendo una nueva forma de entender el territorio. Son un grupo heterogéneo de muy pequeños bodegueros que pretenden elaborar vinos de calidad transmitiendo la gran diversidad de subregiones, microclimas y condiciones individuales que existen.

VINOS SIN TABÚ. FUERA DE LAS EXIGENCIAS DE LA INDÚSTRIA

Siguiendo el rastro de los tradicionales pipeños, estos pequeños productores han ido a buscar viejos viñedos en las zonas más frescas y con mayor altitud del país, en lugares que, por su situación geográfica cerca del océano, son frescos como Casablanca o Valparaíso, pero, sobre todo, en las regiones del Sur.

La zona del Sur, conocida como Región de Secano, va desde el Valle del Maule, la llamada VII Región, con sus provincias Cauquenes, Curicó, Linares y Talca, hacia abajo, hacia el Valle de Itata y el Valle de Bío-Bío, conocida como la VIII Región. En estas zonas sur más frías los suelos son más pobres, de granito, esquisto, pizarra o de origen volcánico y allí se han conservado gran número de viejos viñedos de pequeños agricultores independientes que durante muchos años los han cultivado de manera artesanal, la mayoría de cepas centenarias. Allí estos pequeños productores que están cambiando la escena del vino chileno están recuperando estos viñedos cultivándolos de forma orgánica, sin pesticidas, abonos químicos ni irrigación, “tinto de rulo” le llaman ellos a los viñedos sin riego. Buscan mantener el equilibrio de la viña, tener una uva sana y conseguir en sus vinos la expresión del lugar.

De entre todas las variedades más antiguas que están recuperando tras perder su protagonismo con la introducción de las cepas francesas, hay una que se ha erigido como el estandarte de toda esta revolución entorno a la recuperación del vino más puro chileno, y es la variedad País, uva introducida por los misioneros españoles y descendiente directa de la Listán Prieto de las Islas Canarias, desde donde llegó a América del Sur.

El vino pipeño, vino de "uva de parrón"

En la bodega estos viñateros trabajan igualmente de forma artesanal, haciendo vinos sencillos, sin tecnología, con la mínima intervención, como se hacía antiguamente. La uva se vendimia a mano, uva sana y fresca que originará vinos perfumados y fluidos sin tanta concentración, se pisa con los pies, sobre zarandas, con maceraciones justas, sin sobreextracciones, el mosto fermenta con levaduras autóctonas, en toneles, barricas o fudres de madera vieja de raulí (roble autóctono de los bosques nativos), en vasijas de greda (botijas y tinajas), en pequeños depósitos de hormigón, “concreto” le llaman allí…  se vinifica sin sulfuroso y se embotellas sin añadir o con mínimas dosis, sin filtrados ni clarificaciones, puro zumo de uva.

Los Chanchos Deslenguados...

Puede parecer una paradoja, pero nuevamente son las elaboraciones francesas la inspiración para esta revolución... De entre todos estos pequeños viticultores revolucionarios  hay que destacar la labor pionera de Louis-Antoine Luyt, vigneron de origen borgoñón y formado en la bodega Marcel Lapierre en Morgon, un enólogo lleno de energía  que se instaló en el Valle del Maule  en 2006 para convertirse en uno de los principales viñateros impulsores de este resurgimiento de la viticultura más ancestral chilena y de la elaboración independiente de vino. Con su trabajo loco resucitó la rústica uva País haciendo grandes vinos, primero en el 2007 con Clos Ouvert Huasa en Cauquenes y después, junto a Lapierre, su País de Quenehuao, un vino crujiente y lleno de fruta fresca hecho con maceración carbónica a la manera del Beaujolais.

Existen otros muchos elaboradores que se han sumado a esta corriente y, de hecho, existe una feria de vinos en Santiago que los representa cada año,  Los Chanchos Deslenguados, una concentración de viñateros auténticos organizada por Louis-Antoine Luyt y Sebastián Alvear. Este mes de mayo se celebra la XIV Edición

LOS PIPEÑOS EN LA STORE

Aquí somos un poco exageradamente fans de estos vinos y ya hace un tiempo que no podemos resistirnos a traer a Barcelona  unos cuantos para poder trasladarnos a esos lugares y llenarnos de aromas y sabores desconocidos que nos abren la mente hacia nuevas dimensiones.

No me voy a exaltar, que soy muy pesada, pero son inclasificables los vinos que hace en el Valle de Bío-Bío Manuel Moraga, más conocido como Cacique Maravilla, séptima generación de una familia de viñateros de la Viña 33 de esta región del Secano Interior, como él explica "... hace más de 300 años, en el ocaso de la Guerra de Arauco, la familia Gutiérrez comenzó a escribir la historia de este vino en las tierras del Secano Interior de Santa Lucía de Yumbel. Fue en esa excepcional veta de Trumao donde se puso a prueba toda la fortaleza de las cepas Côte de Rouge, Moscatel de Alejandría y Listán Prieto, que habían traído desde el viejo mundo. Esta plantación de vides más tarde fue inscrita, siendo la Viña Nº 33 registrada en Chile..." Tres siglos después, Manuel sigue en las tierras de su familia cultivando estos viejos viñedos y manteniendo viva e intacta la rústica y fantásticas cepas que son las más antiguas de Chile, un trabajo "en honor al español enamorado de éstas tierras y el más antiguo de la familia Gutiérrez es que estos vinos son producidos; a quienes los lugareños llamaban para honrarle, Cacique Maravilla"...  

También llegaron los vinos de Roberto Henríquez , joven viñatero que produce delicados y profundos vinos en esta misma VIII Región, en el pueblo de El Patagual, en Santa Juana (Coronel), en el Valle de Catirai, en la Rivera Sur del río Bío-Bío, cerca de la costa.  Y los de los tres amigos Claudio, Mauricio y Jaime que conforman la bodega Tinto de Rulo, sus vinos los hacen con uvas de pequeños viñateros que cultivan Malbec y País en San Rosendo y Carignan en Huerta de Maule. Trabajan solo uvas provenientes de viñas viejas en vaso, sobre laderas graníticas, sin riego y con cultivo orgánico. Vinifican de manera natural, como ellos dicen, el objetivo es buscar "el carácter de cada lugar, sin intervención ni manipulaciones"

De la VI Región, en el Valle del Maule, hemos traído los vinos que te comentábamos de Louis-Antoine Luyt, quien  lleva ya años trabajando con pequeños agricultores y viñateros de las regiones más antiguas del Valle Central y de la Región Sur. Cuando llegó a Chile inicialmente creó Clos Ouvert en el 2006 con dos socios más. Tras el devastador terremoto del 2010 y la retirada de sus socios, él se quedó para poner aún más proyectos en marcha y crear las diferentes líneas de trabajo que tiene actualmente: País et Huasa, la que hace en busca la expresión más pura de las diferentes variedades procedentes de parcela concretas creando de los "lieu-dits" Quenehuao, Pilen Alto y Trequilemu; la de Clos Ouvert, que son vinos de mezcla a base de cepas País y Carmenere; y la de los Pipeños, vinos de los campesinos elaborados de la manera más ancestral y que embotella  con las llamativas etiquetas que simulan los itinerarios de los buses antiguos de Santiago de Chile.

De esta región del Maule también llegaron los vinos de David Marcel, viñatero de origen vasco francés que con su vino AUPA está haciendo que este estilo de vino pura fruta, sin pretensiones y fácil de beber cada vez  tenga más seguidores.

De zonas más al norte también han llegado grandes vinos como los elaborados por la familia Villalobos en el Valle del Lolol, al oeste de Colchagua. Allí el escultor Enrique Villalobos adquirió un viejo viñedo de Carignan de unos 70 años y situado a unos 120 m de altitud. Era un viñedo muy especial ya que había estado creciendo de forma silvestre, sin podar ni dirigir durante unos 60 años, un viñedo totalmente salvaje entre árboles y otros arbustos. En 2007 él y sus hijos decidieron vendimiar la uva "trepando" por los árboles y produjeron vino de manera muy delicada con sus levaduras autóctonas y lo mantuvieron madurando en viejas barricas durante un año. La embotellaron sin filtrados y con bajas dosis de SO2 y el resultado fue una locura de Carignan delicada y sutil, con poca concentración, de fresca acidez y refrescante fragancia a frutos rojos como moras silvestres y cerezas, con notas vegetales y balsámicas a plantas nativas como la zarzamora, la rosa mosqueta y los árboles del lugar llamados culenes, espinos y maitenes.

De entre los viñateros consagrados por su trabajo durante años nos llegó el vino Montsecano que Julio Donoso produjo en Valle de Casablanca,  un proyecto que cuenta con la colaboración del gran vigneron alsaciano André Ostertag. Se trata de un vino hecho con Pinot Noir procedente de un viejo viñedo cultivado en Biodinámica sobre diferentes laderas de arcilla en el pueblo de Las Dichas, en la zona Casablanca.

La dirección de estos pequeños viñadores y de otros muchos, como Sergio Amigo de Cancha Alegre, González Bastías, Rodolphe Bourdeau de Machalí, los Porte y su Coteaux de Trumao, Diego Rivera de Los Chuicos, Yamil Neira de Bandido Neira, Rivera & Marhwold con su Quebrada de Chucao y Yves Pouzet de Tipaume entre otros, es la de reencontrar la tradición y buscar la identidad de cada lugar dentro de la gran diversidad que puede ofrecer un país tan extenso y diferente de Norte a Sur como es Chile. Volver al origen haciendo vinos “sin tabú”, 100% uva! Generar una nueva escena del vino en Chile.

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